En los pasillos de las universidades y centros de investigación públicos y privados en México, ocurre algo extraordinario todos los días: la ciencia encuentra nuevas rutas para combatir una de las enfermedades más devastadoras y mortales, el cáncer.
Hay sistemas que han demostrado ser prometedores, entre los cuales destacan nanopartículas dirigidas cargadas de fármacos, péptidos diseñados para romper la resistencia tumoral, entre otras.
Se sabe que el talento sobra y la curiosidad científica perdura. Sin embargo, la gran mayoría de estos hallazgos solo se quedará en el silencio de una tesis doctoral o un artículo académico. Jamás tocará la vida de un paciente.
Mientras tanto, en los hospitales públicos y privados de México, los tratamientos contra el cáncer dependen casi en su totalidad de tecnologías importadas. Compramos esperanza de vida a precio de dólar o euro, desarrollada en EU, Suiza o Alemania.
Este escenario plantea una pregunta incómoda pero necesaria para nuestra madurez como país: Si somos capaces de entender la biología del cáncer y proponer soluciones eficientes, ¿por qué somos incapaces de transformar esa ciencia en una caja de medicina disponible en la farmacia? La respuesta yace en una dolorosa travesía conocida por los expertos como “El Valle de la Muerte”.
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