Posponer tareas y proyectos o pensar que “todavía hay tiempo” pueden parecer acciones inofensivas, pero detrás de ellas se esconde un fenómeno más complejo: la procrastinación.
Esta práctica implica aplazar una actividad importante sustituyéndola por otra menos relevante o más placentera, lo que genera una sensación de alivio momentáneo, pero con consecuencias negativas a largo plazo, explicó Karla Paola Colin Mendiola, de la Clínica de Salud Mental del Departamento de Psiquiatría y Salud Mental de la Facultad de Medicina de la UNAM.
En el ámbito universitario, Colin comentó que “procrastinar puede generar un bajo rendimiento académico, pues incrementa el estrés, la ansiedad, la culpa y los sentimientos de poca autoeficacia”. A largo plazo, estos efectos incluso podrían derivar en la deserción escolar.
De acuerdo con la psicóloga, entre los pensamientos más comunes de quienes procrastinan se encuentran frases como “después lo hago”, “todavía tengo tiempo” o “primero hago otra cosa”. Estas ideas suelen venir acompañadas de conductas como el deseo urgente de realizar actividades secundarias que sólo postergan lo importante.
Si bien a corto plazo se puede experimentar una sensación de alivio –al disminuir momentáneamente la ansiedad o el estrés–, la especialista advirtió que ese efecto “no es positivo, porque únicamente retrasa el malestar y refuerza el ciclo de postergación”.
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