A causa de una serie de obras de mejoramiento urbano, emprendidas por el régimen del virrey Juan Vicente de Güemes, tres colosales esculturas mexicas asomaron desde el inframundo: la Coatlicue y la Piedra del Sol, en 1790, y la Piedra de Tízoc, en 1791.
A fin de rememorar tales sucesos y comunicar a las y los transeúntes del primer cuadro capitalino un episodio clave de nuestro devenir, la Secretaría de Cultura federal, a través del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), junto con la Secretaría de Obras y Servicios del Gobierno de la Ciudad de México, reinstaló recientemente dos placas y colocó una más, en los sitios exactos donde fueron hallados los monolitos.
El titular del Programa de Arqueología Urbana (PAU) del INAH, Raúl Barrera Rodríguez, explica que las placas de la Coatlicue y de la Piedra del Sol -comúnmente llamada Calendario Azteca- fueron creadas en 1990, por iniciativa del arqueólogo e investigador emérito del instituto, Eduardo Matos Moctezuma, a fin de celebrar el bicentenario de la arqueología mexicana.
“En su época, estas esculturas fueron analizadas por grandes sabios, como Antonio León y Gama o Guillermo Dupaix, por lo que se consideran como el germen de la arqueología en el territorio mexicano”.
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